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La identidad de una mujer puertorriqueña en el exilio. |
| Hace unos meses hablaba con un buen amigo sobre
la situación de la mujer en el Caribe hispanoparlante. Mientras
hablábamos dije: “las mujeres latinoamericanas hemos avanzado mucho
en cuanto a nuestros roles en sociedad, pero aún nos falta camino
por andar”. El me miró confundido y me respondió diciendo:
“¿Como dices, latinoamericana tú? ¡Pero si los puertorriqueños
son norteamericanos, no latinoamericanos!” Su respuesta me chocó.
A decir verdad, lo que dijo hasta me enojó un poco. ¿Como
era posible que un suramericano, que no conoce la realidad de una mujer
como yo se tomara la libertad de pretender etiquetarme de esa manera y
conmigo a los tres punto cuatro millones de habitantes que tiene la isla
del encanto? Eso, sin tomar en cuenta los casi tres millones de boricuas
que viven fuera de la isla en este país.
La verdad es que esta cuestión de identidad nacional no es fácil de descifrar ni aún por nosotros mismos. Vivir entre dos nacionalidades es materia de confusión para muchos. Otros optan por abrazar la doble nacionalidad y el doble idioma y sanseacabó, resuelto el problema. Se es tan puertorriqueño como norteamericano. Otros, como yo, nos damos a la tarea de encontrar nuestro espacio dentro de una sociedad que no consideramos nuestra. Optamos por salir de la isla y así, lejos de ella, mirarnos desde otra perspectiva con la ilusión de encontrarle fin a este contínuo dilema metafísico de ser o no ser. Pero no es suficiente alejarnos, ni tampoco tratar de encontrar la base donde reside nuestra identidad nacional. Dejamos el corazón entre las palmeras, los cerros y el olor a mar y llevamos el cerebro sobre nuestros hombros esperando la revelación epifánica que nos dé la respuesta a nuestro acertijo. El problema sigue ahí, ser o no ser. La pregunta es ¿ser qué? . Como llegar a apropiarnos de nuestra latinoamericaneidad si se nos dice que no somos lo suficientemente latinos como para pertenecer a ese grupo. Si no cargamos la herencia de dictaduras militares, desaparecidos, inestabilidad política y represión que ha marcado la historia de América Central y América del Sur. No hemos sufrido lo suficiente como para entrar en el círculo de los “tercermundistas”. Por otro lado, se nos recuerda constantemente que si cargamos pasaportes norteamericanos es porque hemos tenido la suerte de que el Tío Sam nos extendiera su benevolencia y con ella el privilegio de la ciudadanía. Según esos, somos ciudadanos de otra clase. De esos que viven en El Bronx, que llenan las colas del desempleo y que viven esperando el tercer día del mes a que llegue el bendito cheque del Welfare. No somos norteamericanos contantes y sonantes. Sin embargo, es curioso ver como en el año 2000, en el umbral del siglo XXI, año del censo y de elecciones, los latinos –incluyendo a los puertorriqueños– han adquirido gran importancia para los políticos de este país. Hacen mil promesas en nuestro favor y hasta intentan de hablar nuestro idioma aunque sea por un minuto. Me pregunto yo, ¿Es que ahora sí somos lo suficientemente norteamericanos? ¿Es que ahora sí contamos? Es obvio que los políticos piensan que aunque sea en las urnas sí contamos. Entonces el dilema se hace peor: Votar o no votar. Después de todo vivimos en este país ¿no? . La verdad es que el dilema de la identidad nacional está presente en la mente y el corazón de todos los puertorriqueños a quienes nos gusta pensar que tenemos una mente politizada, que hemos tomado conciencia del estado liminal en que vivimos, entre lenguas, entre culturas, entre la patria y el país que nos acoge o no. Es ahí donde recurrimos a las experiencias de toda una vida, al arrullo del mar, a las canciones patrióticas, a ese ritmo que llevamos dentro y finalmente recordamos que ante todo somos isleños. Recordamos que llevamos dentro una cadencia que no la puede llevar aquel que no ha tenido el sabor a salitre en los labios al despertar, aquel a quien el aroma del café le dá los buenos días entre sonidos de bocinas de automóviles o el cantar de un gallo. Entonces llegamos a la realización plena de que la nación se lleva adentro. Comprendemos que no importa cuan lejos estemos de la patria, ésta se repite en nosotros una y otra vez y eso puede más que un pasaporte norteamericano, los fondos federales, el english only y hasta el eterno dilema del status. Ante todo y sobre todas las cosas, somos puertorriqueños. De esos que día a día reclaman sus orígenes, de esos que trabajan arduamente para trascender de los estereotipos, de esos que ponen el nombre de la monoestrellada en alto a la vez que toman un sorbo de Starbucks Coffee porque aquí no se encuentra el Café Yaucono. Somos híbridos, mestizos, mulatos, mezclados y eso no nos hace menos gente sino que nos enriquece, nos hace únicos. Cuando finalmente podemos aceptar nuestra identidad pluridimensional y luchar por preservar nuestra autenticidad, llegamos al punto de esa epifanía que todo puertorriqueño busca. Somos latinos con un pasaporte gringo, a pesar de quienes no lo aprueben o no puedan entenderlo. |